jueves, 26 de marzo de 2009

Ministrar y ser Ministrado

Necesitamos un corazón abierto y humilde, dispuesto a recibir d nuestros hermanos lo que ellos pudieran entregarnos de parte de Dios.

Porque anhelo veros para impartiros algún don espiritual, a fin de que seáis confirmados; es decir, para que cuando esté entre vosotros nos confortemos mutuamente, cada uno por la fe del otro, tanto la vuestra como la mía. Romanos 1.11–12 

Por largo tiempo Pablo había albergado en su corazón el deseo d visitar a los cristianos que residían en Roma. Era inevitable que el apóstol, que tanto había contribuido a la expansión del reino, fijara los ojos en la capital del vasto imperio romano. En el texto se encuentra claramente la razón que lo movía a realizar este viaje. 

Así como lo deseó para todos los lugares por los que había pasado, Pablo también deseaba ministrar en Roma la Palabra y confortar a los hermanos en la fe. El que tiene una verdadera vocación pastoral no puede evitar ejercer su ministerio dondequiera que se encuentre, pues la tarea pastoral no es un trabajo, sino el ejercicio de un don espiritual. Por esta razón, entonces, el apóstol deseaba llegar a la capital con el fin de «confirmar» a los hermanos, impartiéndoles algún don espiritual. Se entiende por esta frase que él deseaba seguir edificando a la iglesia, para que alcanzara la plenitud de su potencial en Cristo Jesús. Esto incluía el que recibieran y aprendieran a utilizar los dones que el Señor ha entregado a su pueblo. 

Resulta interesante, sin embargo, observar el resto del texto. Pablo no solamente deseaba llegar hasta ellos para ministrarlos, sino que él también anhelaba recibir de ellos todo lo que quisieran darle. Encontramos en este deseo una profunda comprensión de la dinámica de la iglesia, donde todos nos edificamos mutuamente para producir el crecimiento del cuerpo de Cristo

Esta receptividad hacia el ministerio de los demás es una de las actitudes más difíciles d encontrar en los pastores. Es muy fácil que el pastor llegue a pensar que él es el que edifica la iglesia y que su única función dentro del cuerpo es la de estar dirigiendo y ministrando la vida de los demás. Cuando esta perspectiva se hace fuerte, le cuesta al líder relajarse en la presencia de los demás, para sacarse «la chaqueta» de pastor y moverse como un miembro más del cuerpo. En ocasiones, incluso, el pastor traslada esta actitud a su hogar y trata a su esposa e hijos como si fueran también miembros de la congregación. 

El peligro de esta postura es comenzar a creer que no existen, dentro de la congregación, personas que realmente nos pueden ministrar. De este modo, nuestro trato con ellos se convierte en un camino unidireccional. Nosotros siempre damos y ellos siempre reciben. El apóstol Pablo, a pesar de gozar de un prestigio y un perfil sin igual dentro de la iglesia del primer siglo, poseía un corazón abierto y humilde, dispuesto a recibir de sus hermanos lo que ellos pudieran entregarle de parte de Dios. Esta clase de líder es la que más inspira a sus seguidores, porque no se presenta como perfecto a los demás, sino como uno que también está en el proceso de formación. Lejos de restarle autoridad, esta actitud enaltece su persona y bendice su vida. 
Ni el ojo puede decir a la mano: «No te necesito»,
ni tampoco la cabeza a los pies: «No tengo necesidad de vosotros».
1 Corintios 12.21
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Campamento de Jovenes


Recuerdo del primer campamento de jovenes de las iglesias El Chalet, Peñuelas y las iglesias del distrito Santa Juana, Ejército Evangélico de Chile. Animo y a preparase para el nuevo campamento.... que será mas Recargado...

martes, 17 de marzo de 2009

La vida Cristiana...

“….Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.” (Marcos 2:17). Una persona que cree que está bien espiritualmente no busca ayuda. Pero el enfermo, él que reconoce su pecado busca ayuda, la sanidad que ofrece Cristo Jesús. El primer paso hacia la vida Cristiana es reconocer que es pecador perdido y tiene necesidad de un Salvador que le puede rescatar de su vida pecaminosa. Este cambio que resulta es una vida auténticamente Cristiana.

Cristo se identificó con el mensaje de Juan que fue un mensaje de arrepentimiento. (Marcos 1:4) Cristo pidió ser bautizado por Juan el Bautista y después de su bautismo Él comenzó su ministerio con el mensaje de arrepentimiento y fe. (Marcos 1:15) Cuando la Biblia habla del arrepentimiento está hablando de un cambio de mente y corazón. Es un cambio en su actitud hacia su pecado, hacia su necesidad espiritual, y hacia Jesucristo. Sin este cambio de actitud uno no puede ver la importancia de tener la vida espiritual de Cristo para cambiar su vida. El segundo paso hacia la vida Cristiana es el de poner su fe en Cristo Jesús para recibir el perdón de sus pecados y recibir la vida espiritual que solo Él puede dar. Él promete vida eterna a los que creen en Él (Juan 3:16), y declara que el hombre puede llegar a Dios solamente por medio de Él. (Juan 14:6) También Cristo dice que él que no cree en Él no puede ver la vida. (Juan 3:36)

Es claro que tú tienes que tomar dos pasos para poder iniciar una vida Cristiana. El primero es arrepentirse (cambiar tu actitud) para ver tu necesidad de un Salvador que puede salvarte de tu pecado. El segundo paso es creer en Cristo (depositar tu fe en Él) para recibir el perdón de tus pecados y obtener una vida espiritual que incluye la vida eterna. ¿Has tomado estos dos pasos indispensables para poder iniciar la vida Cristiana? Si no lo has hecho hazlo hoy mismo tomando la exhortación del apóstol Pablo, “que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios.” (Hechos 26:20)

Recopilación de Scott Yingling